Comictuit 1. Rimel corrido.
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dirección: Carla Forte @ForteCarla
tuit: Vicente Forte @vforte
cámara y fotografía: Domingo Olavarria
edición, sonido y coloración: Alexey Taran (BISTOURYfilms)http://bistoury.blogspot.com/p/bistoury-films.html
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dirección y tuit: Vicente Forte @vforte
cámara y fotografía: Corina Freyre @corifg
edición, sonido y coloración: Alexey Taran (BISTOURYfilmshttp://bistoury.blogspot.com/p/bistoury-films.html)
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O al menos lo intenta porque, por ahora, lo único que logra es mirar el espacio en blanco: espacio en blanco en la pantalla del computador, espacio en blanco en su mente, espacio en blanco en sus manos, espacio en blanco tan lleno de vacío. Ese vacío tan caldo de cultivo, porque este es mundo siempre en formación nunca ya formado, es mundo siempre en construcción nunca construido, es mundo siempre proceso nunca final.
Y él lo sabe: el espacio en blanco también se escribe.
— Octavio Paz (via rustedbox)
(Source: paydeflan, via diestoische)
Cuando no son los años los que se acumulan, son los días, los minutos, los segundos. Se acumulan sólo para caer de golpe y, como todo lo que cae de golpe, se estrellan y nos estallan encima. Se clavan y se incrustan. Se infectan. Y la muerte, que viene haciendo su trabajo lentamente, se apura y se le nota. Todos lo notan y a ella no le importa, ha pasado demasiado tiempo escondiéndose así que al final, la muerte trabaja a plena luz, sobretiempo y grita a vox populi lo que está haciendo.
Y uno lo ve, lo siente, lo huele: el muerto que aún no ha muerto pero que le falta poco. Siempre falta poco pero mi mente se empeña en estirar el tiempo y cuando decido despedirme ya ha sido demasiado tarde.
Dos a cero va ganándole la muerte a mi cobardía.
Porque sólo han sido dos mis muertos, aunque tampoco hayan sido míos, aunque hayan habido más, sólo han sido dos las muertes que han tocado mi corazón y han estropeado un poquito mi alma. Y todo lo cobarde que no suelo ser lo he sido con ellos en esos dos momentos: cuando no llamé y cuando no fui.
Este es un tributo a todos mis muertos, aunque sólo sean dos. Aunque ya no puedan leerme, yo les sigo escribiendo.
A ella que sigue siendo el origen.
A él que sigue siendo aprendizaje.
Ella ve el día pasar. Indetenible, casi sin reparar en quién lo mira y lentamente, el día pasa. Ella, su ropa vieja, su silla de madera crujiente, su cabellera larga y cana, su lunar en la mejilla y su cenicero. Todos ella, todo sin más ni menos. Y fuma un cigarrillo tras otro. Una taza de café y luego otra. Cruza las piernas y las vuelve a cruzar. Pestañea y vuelve a pestañear. Escucha el viento, que como el día, también pasa.
El día pasa y ella lo mira, absorta, entretenida, no piensa en nada pero lo piensa todo. Las ideas desfilan, vienen y se van, sin bombas ni platillos, sin música de fondo. Un montón de imágenes inconexas, carentes de sentido, como su vida. Los minutos mueren y nadie les reza una misa, no hay entierros ni viudas de negro. Las lágrimas, como a las palabras, se las lleva el viento y por eso, ya no vale la pena llorar.
Una mosca la ronda, se posa sobre ella y la vuelve a rondar. Ni siquiera la muerte puede evitar delatar su presencia cuando alguien realmente mira. Como ella, que espera y que ve: ve como todo pasa, incluyendo la mosca.
Ha vivido ya demasiado, han sido ya demasiados los días que no vio pasar porque era ella quien pasaba. Era ella quién buscaba, de un lugar a otro y luego a otro y nada. Una gran suma de pérdidas. Ahora, es la vida quien la vive, los días pasan y ella sólo está, esperando. Como quien detiene el tiempo, como quien para el mundo pero no se baja: sólo espera.
Ha esperado un montón de minutos, muchos días, unos 35 años y él no regresa. Porque el que se va sin haber sido echado no vuelve nunca. Porque el que abandona siempre es cobarde. Porque el pasado siempre es el que acecha pero nunca es presa.
Se fue de noche y de noche volverá. Pero la noche vuelve sin él y luego el día, que más que pasar, le pasa por encima. Nadie vuelve si no hay a qué volver.
Ella, en su espera, ha deconstruído su existencia.
Es un desierto como todos los desiertos: amarillento, árido y desolado pero hermoso. Hermoso para mirarlo, admirarlo y fotografiarlo, escribirlo e imaginarlo. Tortuoso si se está demasiado tiempo y demasiado tiempo nunca es demasiado, más bien poco. No se puede vivir, sólo sobrevivir, a duras penas y siempre sediento y con la lengua afuera.
Un desierto que contiene otros más o menos pequeños, más o menos poblados, con más o menos espejismos, porque la soledad puede ser como sea pero siempre es y seguirá siendo.
La soledad nos desviste y nos vuelve a vestir, nos disfraza y se pone máscaras. Y es que su existencia es la excusa perfecta para cualquier acción, reacción, pensamiento y emoción. Contiene todas las preguntas y todas las respuestas. Tiene muchas caras, muchas formas, muchos nombres y todos son ella. Todos son el mismo desierto que podemos romantizar o demonizar: como más convenga.
Ese desierto soy yo, ella, él, nosotros, todos. Podemos recorrerlo, recorrernos y siempre tendremos sed, siempre podremos crear un espejismo y quedarnos en él hasta que el sol nos queme la piel y las entrañas, hasta que la sed nos beba, respiremos arena y escupamos saliva a grumos.
El espejismo lleva nombre de esperanza, es lo último que se pierde porque el espejismo está en la mente y no en el desierto, porque el delirio no conoce de razón ni se somete a ella. Porque creer nos puede costar la vida y aun así pagamos con gusto porque un buen espejismo mantiene el desierto a raya y para eso, ni la vida es el precio justo.
Vivir el desierto en espejismo no cambia el desierto. Vivirme en espejismo no cambia mi aridez, no cambia mi desierto ni la soledad que me contiene. No me quita la sed, no me cubre del frío por la noche ni del sol del medio día.
En la soledad todo sabe a arena.
Con el tiempo el dolor se convierte en un viejo conocido. Es de esos viejos a los que a fuerza de convivencia aprendemos a querer. Pero no empezamos bien, nadie empieza bien con el dolor. Al principio estorba, ocupa un espacio que no es suyo, invade, se enquista.
Vive en nuestra casa del ser y empieza el calvario que, como siempre, se lleva por dentro. Y ya lo nuestro no es nuestro, no nos pertenece sino a ese viejo que se come los dulces a escondidas, grita cuando queremos dormir, se gasta el agua caliente, se toma todo el refresco y deja la poceta sucia.
Empezamos a encontrar cosas rotas por toda la casa, lo nuevo se ve usado y abusado, los bombillos se queman y no podemos prender la luz. Comienza a acumularse el polvo por todos los rincones y no hay con qué sacudirlo.
El viejo ronda la casa y deja sus manos marcadas por todas las paredes. De pronto, parece que es el dueño de la casa, porque el dolor nos habita hasta que terminamos habitándolo a él, se convierte en la casa, en el techo, en la mesa, en los platos, en las copas, en el baño, en todo. Nos vive y lo dejamos.
Dejamos que el viejo se quede y le tomamos cariño. Ese pobre dolor que ya no distingue entre la música y el ruido, que masca el agua y se le cae la plancha. Olvida por qué está ahí, sufre de Alzheimer y no se reconoce a sí mismo ni nos recuerda.
A veces tiene destellos de lucidez y entonces vuelve en sí y volvemos a sentir miedo porque son los dolores más viejos los que más consumen, los que son capaces de todo. Pero, como todo destello, termina pronto, muy pronto, no dura mucho y se desorienta de nuevo. Perdemos el miedo. Volvemos la vista para buscarlo en lugar de esquivarlo, cuando está callado nos preguntamos si seguirá por ahí. Toma la siesta de la tarde y es como si desapareciera, pero no lo hace.
Empezamos a cuidarlo, le cambiamos esa ropa, también vieja, por una nueva; le ayudamos a bañarse, le cortamos el pelo porque aunque duela no tiene por qué verse feo. Le preparamos una sopita para que no se resfríe. Cuidamos nuestro dolor porque es nuestro y nosotros de él, porque su existencia justifica ese pasado que le vio nacer. Y es que hay cosas que sólo son a través del dolor.
Le servimos el vaso de agua al llegar, lo arropamos en la noche antes de dormir y le deseamos que sueñe con los angelitos. En ese momento, y mientras duerme, el viejo muere, deja de respirar y desaparece. El dolor cede el espacio.
Hasta que un día nos levantados mojados porque hemos dormido con el dolor hecho niño que caminó de puntitas hasta la cama en busca de calor.
La ventaja de la inseguridad.
Al repartir toda su fortuna, Wittgenstein se salvó espiritualmente. Usted sabe, yo me encontraba mucho mejor desde un punto de vista espiritual, vivía de manera más intensa, cuando tenía solamente una pequeña maleta y no vestía todo el año más que dos trajes,…
(Source: diestoische)